La diabetes es una enfermedad crónica en la que la glucosa (azúcar) en la sangre se mantiene elevada de forma persistente, porque el cuerpo no produce suficiente insulina o no la usa bien, o ambas cosas a la vez. Esta situación, si dura años sin control, puede dañar vasos sanguíneos, corazón, riñones, ojos y nervios.
En términos científicos, se llama “diabetes mellitus” y se define como un grupo de enfermedades metabólicas caracterizadas por una hiperglucemia crónica, es decir, unos niveles de azúcar en la sangre sostenidamente altos. La principal hormona implicada es la insulina, que segrega el páncreas para permitir que la glucosa entre en las células y se use como energía; cuando este sistema falla, el azúcar se acumula en la sangre.
Origen o causas
El origen depende del tipo de diabetes, pero en adultos mayores predomina la diabetes tipo 2, que se debe a una combinación de resistencia a la insulina (las células no responden bien) y una producción insuficiente de insulina por parte del páncreas. Factores como el sobrepeso, la falta de ejercicio, la edad avanzada, algunos antecedentes familiares y los cambios propios del envejecimiento (menor actividad física, mayor masa grasa) aumentan mucho el riesgo de desarrollarla.
La diabetes tipo 1, más frecuente en jóvenes, se origina por una destrucción autoinmune de las células productoras de insulina del páncreas, y el componente genético y ambiental también participa, pero este tipo es menos común en adultos mayores.
Tratamiento general
El tratamiento no “cura” la diabetes, pero controla la glucemia y previene complicaciones. En adultos mayores suele combinarse:
Cambios en el estilo de vida: alimentación más equilibrada, reducción de azúcares y grasas saturadas, y actividad física regular adaptada a la edad y las capacidades físicas, para mejorar la respuesta a la insulina.
Medicamentos orales (como metformina u otros hipoglucemiantes) y, cuando hace falta, insulina u otras hormonas inyectables, elegidos según el tipo y la gravedad de la enfermedad y el resto de problemas de salud.
Además, es esencial medir de forma periódica los niveles de azúcar en la sangre, controlar la presión arterial y el colesterol, y acudir a revisiones oculares, de pies y de riñón para detectar y tratar a tiempo las complicaciones.
Danos la oportunidad de cuidar de tu salud. Siendo acompañado en tu tratamiento, de forma precisa y empática
La diabetes es una enfermedad crónica en la que la glucosa (azúcar) en la sangre se mantiene elevada de forma persistente, porque el cuerpo no produce suficiente insulina o no la usa bien, o ambas cosas a la vez. Esta situación, si dura años sin control, puede dañar vasos sanguíneos, corazón, riñones, ojos y nervios.
En términos científicos, se llama “diabetes mellitus” y se define como un grupo de enfermedades metabólicas caracterizadas por una hiperglucemia crónica, es decir, unos niveles de azúcar en la sangre sostenidamente altos. La principal hormona implicada es la insulina, que segrega el páncreas para permitir que la glucosa entre en las células y se use como energía; cuando este sistema falla, el azúcar se acumula en la sangre.
Origen o causas
El origen depende del tipo de diabetes, pero en adultos mayores predomina la diabetes tipo 2, que se debe a una combinación de resistencia a la insulina (las células no responden bien) y una producción insuficiente de insulina por parte del páncreas. Factores como el sobrepeso, la falta de ejercicio, la edad avanzada, algunos antecedentes familiares y los cambios propios del envejecimiento (menor actividad física, mayor masa grasa) aumentan mucho el riesgo de desarrollarla.
La diabetes tipo 1, más frecuente en jóvenes, se origina por una destrucción autoinmune de las células productoras de insulina del páncreas, y el componente genético y ambiental también participa, pero este tipo es menos común en adultos mayores.
Tratamiento general
El tratamiento no “cura” la diabetes, pero controla la glucemia y previene complicaciones. En adultos mayores suele combinarse:
Cambios en el estilo de vida: alimentación más equilibrada, reducción de azúcares y grasas saturadas, y actividad física regular adaptada a la edad y las capacidades físicas, para mejorar la respuesta a la insulina.
Medicamentos orales (como metformina u otros hipoglucemiantes) y, cuando hace falta, insulina u otras hormonas inyectables, elegidos según el tipo y la gravedad de la enfermedad y el resto de problemas de salud.
Además, es esencial medir de forma periódica los niveles de azúcar en la sangre, controlar la presión arterial y el colesterol, y acudir a revisiones oculares, de pies y de riñón para detectar y tratar a tiempo las complicaciones.
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